En 2008, cuando empecé en esto, la gente me decía “¿Eres fotógrafo? Ala, qué guay ¿no?”

Después, cuando explicaba que lo que fotografiaba eran bodas, normalmente venía un “Ah, yaaaaa. Bueno…”

Y el final era casi siempre el mismo: yo intentando explicar que la fotografía de bodas no tenía por qué ser a la antigua, que se podía hacer algo más allá de tonos sepia y posados-pasados, que era todo un reto… que si el fotoperiodismo… que si la fotografía artística… que si león-come-gamba y laralalá…

Daba igual cómo siguiera hablando porque, para aquel entonces, el otro ya había desconectado pensando que era un marciano. La fotografía de bodas era fotografía “para el marco del salón”, como la de tus abuelos en el 34, la de tus padres en el 82 y la de tus primos en el 97. Y punto.

Hoy el mundo bodas ha cambiado radicalmente y, por suerte, los marcos y las reglas se han roto. Hoy, lo que buscamos es que cuando veamos las fotos de nuestra boda dentro de 2, 10 ó 40 años, ellas nos cuenten qué pasó de una forma más nuestra.

Por eso, lo que más me gusta de mi trabajo es ser el testigo indiscreto de las parejas. Pasar desapercibido y captar esos momentos que el resto no ve porque está demasiado centrado en vivirlos: el alboroto que se forma en casa del novio a la hora del desayuno, las risas nerviosas de la novia y su madre mientras se visten, esa primera mirada de los casaderos, o ese instante en el que al John Wayne de tu grupo de amigos, al tipo más duro a 100 kilómetros a la redonda, se le escapa una lagrimilla de emoción.

Hoy la gente me entiende mejor cuando cuento que soy un privilegiado. Privilegiado por llevar tantos años dedicándome a la fotografía de bodas, primero al frente de Cherry Waves y ahora en una etapa mucho más personal con New Noise.

Privilegiado porque, aunque todos los que nos dedicamos a esto digamos que los premios no importan, la verdad es que alegra que jurados nacionales e internacionales reconozcan tu trabajo.

Pero sobre todo, soy un privilegiado por haber estado en el día D de cientos de parejas, y por poder acompañarles en esa montaña rusa de emociones que supone un día tan largo y tan corto a la vez.

Es una suerte trabajar en esto, levantarte cada día con más ganas que el anterior y seguir convencido de que aún hay mucho y muy bonito por hacer.

Vamos a hacer ruido! Let´s Rock!

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